22/8/07

MOTIVACION DE LOGRO Y ORIENTADOR EDUCATIVO

Nos permitimos publicar la parte pertinente a la motivación al logro del artículo: La Práctica del Orientador Educativo y la Motivación de Logro en los Alumnos de María Paz López, publicado en la revista Mexicana de orientación Educativa N° 6, de Julio-Octubre de 2005.

Te invitamos a realizar un paralelo con los textos publicados anteriormente en este sitio sobre el tema:


La Motivación de Logro

“Sin entrar en muchas definiciones, se dice que nadie normalmente realiza algo si no tiene un buen motivo o necesidad para hacerlo, y esta necesidad empieza por lo más básico, como son los instintos de comer, beber, dormir, etcétera, hasta lo más superior que es la curiosidad y la inquietud intelectual que nos empuja a estudiar algo, acudir a una fiesta, a comprar un libro para leerlo. Esta etapa superior de motivación (intrínseca) hacia el logro de una meta es lo que nos debe interesar como profesores y orientadores.

El orientador en este sentido debe tener presente que su desempeño influye de manera conciente e inconsciente para que los alumnos estén o no motivados hacia el logro, ya que es él quien interactúa de forma más personal con sus estudiantes, sin embargo, esto no significa que sea el único responsable de la motivación, pues en ella interactúan diversos componentes cognitivos, afectivos, sociales y académicos que tienen que ver tanto con las actuaciones de los alumnos como con las de sus profesores.

Como ya se mencionó, la motivación es un concepto explicativo relacionado con el por qué del comportamiento. Las personas motivadas experimentan continuamente necesidades o deseos que les impulsan a actuar, es decir, es una situación que induce a los individuos a realizar una meta determinada.

Hasta este momento me he referido a la motivación como un estado interno que activa, dirige y mantiene la conducta en las personas; no obstante, considero importante y necesario definir qué es la motivación de logro, para mejorar la comprensión del análisis.

La motivación de logro es un tipo de motivación interna en las personas; uno de los autores que más ha estudiado este aspecto es McClellan (1972), quien se refirió al concepto de autorrealización llamándole motivación de logro; este autor lo definió como «un proceso de planteamiento y un esfuerzo hacia el progreso y la excelencia, tratando de realizar algo único en su género y manteniendo siempre una elección comparativa con lo ejecutado anteriormente, derivando satisfacción en realizar cosas siempre mejor».

Un aspecto muy importante de un fuerte motivo de logro —agrega el autor— es que hace a su poseedor muy susceptible a buscar algo en forma intensa. La persona motivada hacia el logro aventaja a los demás en su desempeño para mejorar su ejecución en el trabajo, si se le reta a hacerlo. Estas personas se esfuerzan más o producen más y mejor, de tal forma que una persona con motivación de logro alta desea saber si sus esfuerzos la están acercando o no a la meta deseada (McClelland 1972).

Respecto a la práctica de la Orientación, considero que para eficientar el papel motivador del orientador, es preciso que haya coherencia entre lo que dice y lo que hace. Para los especialistas en el área, el mejor profesor y el más motivador es aquel que predica con el ejemplo; así, si un orientador educativo no está lo suficientemente motivado por su labor, difícilmente podrá motivar a sus alumnos; y si partimos de que no hay una carrera en la que se formen previamente quienes habrán de desempeñar la función de orientar, la pregunta sería: ¿qué características deberá tener el orientador para motivar a sus alumnos?

Oueslati (2000) menciona algunas características de los profesores que han llegado a motivar a sus alumnos y son considerados motivadores: «… son los que cultivan la confianza y el respeto mutuo, favorecen el trabajo en equipo y en colaboración, son espontáneos, competentes, sonrientes, dispuestos, calmados, dinámicos, entusiastas, justos, interesantes y desinteresados, tolerantes, exigentes… son los que investigan siempre, se reciclan y se adaptan a los cambios…»; sin embargo, por las tareas que le han sido asignadas al orientador, la mayoría de ellos se han convertido en verdaderos jueces que legitiman o condenan todas las actitudes de los alumnos dentro de la escuela, asumiendo generalmente el papel de autoritarios o paternalistas, lo que hace cuestionar la función real que cumplen, a grado tal que los alumnos los llaman «desorientadores».

Asimismo, la motivación de logro es un aspecto importante y necesario para la práctica de la Orientación Educativa, puesto que si no está presente en los alumnos, dificulta la labor del orientador, ya que son jóvenes quienes, por lo general, no tienen aspiraciones, son conformistas, pesimistas, se preocupan más por una calificación que por el aprendizaje en si, no se esfuerzan por dar lo mejor de sí, no tienen intereses vocacionales, llegan a presentar problemas de bajo aprovechamiento, ausentismo y reprobación; por lo cual se podría afirmar que la motivación de logro es una característica que puede facilitar la labor del orientador.

Motivación de logro en los alumnos es un estado dinámico (puede variar continuamente en cada persona) que incita deliberadamente a elegir una actividad, comprometerse con ella y a perseverar hasta el fin. Sus orígenes (cognoscitivo/afectivo) según Alonso (1997) son los siguientes:

Las percepciones del alumno sobre él mismo (autopercepción). A veces para hacer una actividad no cuentan tanto las capacidades que se tengan como las que se creen tener.

Las percepciones del alumno sobre el entorno. Cada alumno es él y sus circunstancias, como orientadores debemos incidir sobre ellas para observar los cambios.

La motivación de logro al ser un tipo de motivación intrínseca tiene que ver con los factores que provienen del propio alumno; y se diferencia de la motivación externa (extrínseca) porque ésta última se refiere a los planteamientos que el profesorado propone para interesar al alumnado: tipos de actividades, su alternancia, organización del contexto, la calificación, etcétera.

Existen varios elementos determinantes de la motivación en los alumnos; éstos son:

Percepción del valor de la actividad. ¿Por qué hacerla? Lo cual es su juicio sobre su utilidad para sus objetivos. Un alumno sin objetivos (escolares, sociales) no puede tener motivación; el reto para el orientador es que sus alumnos tengan objetivos en sus actividades.

Percepción de su competencia para llevarla a cabo. ¿Puedo? Esta percepción dependerá de las realizaciones anteriores, de la observación de los demás, de su persuasión y sus reacciones emotivas. Los profesores y orientadores al respecto deben ser persuasivos, y dar soporte adecuado a los estudiantes.

Percepción del grado de control que tiene durante su desarrollo. ¿Podré llegar al final? A veces los alumnos atribuyen el fracaso a causas que no han podido controlar: falta de aptitudes, haber puesto poco esfuerzo, cansancio, complejidad real de la tarea, suerte, incompetencia de los profesores, los compañeros entre otros; sin embargo, los alumnos motivados hacia el logro atribuyen la responsabilidad de sus éxitos a su desempeño, por lo tanto el orientador debe ser motivador y reconocer los logros en sus alumnos.

Alonso, T. (1997) menciona algunos indicadores de la motivación en los alumnos: la decisión de comenzar una actividad, la perseverancia en su cumplimiento (tenacidad), el compromiso cognitivo en cumplirla (atención, concentración), la utilización de estrategias de aprendizaje (reflexión, organización de la información, elaboración para integrar conocimientos) y estrategias de autorregulación (metacognitivas, de gestión de los recursos, de motivación).

Asimismo, el autor enfatiza algunas estrategias de intervención para la motivación del alumno por parte del profesorado (incluyendo al orientador): tener competencia profesional, es decir, una buena formación, estar motivado y tener interés para enseñar, tener percepciones ajustadas de los alumnos, no asignarles estereotipos inamovibles, utilizar adecuados sistemas de sanciones y recompensas, mejorar la labor docente en general como son las actividades de enseñanza, de aprendizaje y de evaluación y ,por último, aumentar la motivación de los alumnos incidiendo sobre su autopercepción y su autoestima.

Respecto a los orientadores, Díaz (cit. en Meneses 2002) afirma que han realizado diariamente su práctica sin cuestionarla, sin saber que es lo que deben o no hacer, por qué hacerlo, cuándo y bajo qué condiciones llevarlo a cabo. Lo que se pretende con estas líneas es que el orientador reflexione sobre sus prácticas de tal forma que se puedan clarificar algunas de sus acciones y se llegue a la toma de conciencia de las repercusiones que su práctica orientadora puede tener en los estudiantes, en este sentido, en el aspecto de la motivación.

Ante este panorama, es evidente que desempeñar una práctica tan complicada como la Orientación desde el sentido común, atravesada por buenas intenciones o reproduciendo lo que al sistema político le conviene, no es suficiente; toca al orientador salir al rescate de su propia labor, darle sustento y llevar a cabo acciones que trasciendan para mejorar su desempeño profesional en todos los sentidos, teniendo presente su papel motivador.

Entonces, ¿qué hacer? Existen dos posibilidades: primera, que el orientador se resguarde bajo el esquema de la simulación e indiferencia, esperando que alguien le dé «recetas de cocina» para aplicarlas con sus alumnos, o esperar a que otros construyan las herramientas que necesita para llevar a cabo su labor, en tanto se adapta al cumplimiento de todas las funciones y modelos que le impongan; o segunda, que haga un análisis de su propia práctica docente y se cuestione a sí mismo si cuenta con los elementos que lo lleven a modificar su práctica, esto es, contar con la teoría, método, estrategias y técnicas que le permitan intervenir adecuadamente en su entorno laboral.

En este sentido, Arévalo (2001) señala que: «el orientador debe optar por el camino fácil o el de retomar el proceso de formación, mediante el cual pueda ir adquiriendo lo que le hace falta para transformar su visión de las cosas y con ello su práctica orientadora».

Para concluir, se puede decir que todo apunta hacia la formación del orientador; sin embargo, no se puede obligar a nadie o reorientar su proceso de formación, puesto que este es voluntario e interno, lo cual lleva a reconocer que sólo aquel que —después de haber revisado conscientemente su práctica orientadora— descubra y acepte sus carencias teórico-metodológicas, asumirá el compromiso consigo mismo de buscar las medidas que le permitan superar tales deficiencias, es decir, volver la mirada a su formación; es una responsabilidad ética del orientador ante sí y ante los demás.

Una reflexión importante es que el sujeto docente, en especial el orientador, requiere la formación sólida en diversos campos necesarios para desempeñar su labor: la psicología, la pedagogía y la investigación, que le permitan actuar con un sustento teórico al interactuar con los alumnos.

Al respecto, Sánchez y Valdés (2003) proponen el siguiente perfil académico sobre los conocimientos, habilidades y actitudes que deben tener los orientadores educativos:

Conocimientos

Principales teorías de la Orientación.

Los factores que influyen en el desarrollo humano, así como de las teorías de la motivación y conducta humana.

Información básica acerca de las principales profesiones y puestos de trabajo.

Las bases de la evaluación y medición en psicología y educación.

Habilidades

Las técnicas de la comunicación necesarias para interactuar con las personas en forma individual y grupal.

Las técnicas y métodos de evaluación psicométrica.

Para la interpretación de los resultados de pruebas estandarizadas y no estandarizadas.

Del manejo de recursos didácticos para el trabajo de grupo.

Actitudes

De aceptación de la persona.

De respeto a las decisiones de la persona.

De consideración positiva

Por otra parte, la creación de la licenciatura en Orientación Educativa o la implementación de programas de posgrado sería otra propuesta de formación; sin embargo, no bastaría para resolver los problemas que enfrentan los orientadores en su práctica, los cuales son el resultado de un proceso sociohistórico muy amplio. A pesar de ello, serían un intento para profesionalizar los servicios de Orientación Educativa.

Otra propuesta viable es la creación de un marco teórico común para los orientadores, que hagan a la Orientación Educativa conformarse como una disciplina coherente con los requerimientos de los orientados; la necesidad de contar con un marco teórico no debe entenderse como la posibilidad de igualar condiciones que respondan a las exigencias del sistema político; por el contrario, sería una oportunidad para que los orientadores realicen sus prácticas específicas de su campo, apropiándose del lenguaje, de las líneas de investigación, de los conceptos y de la dinámica particular de trabajo, pero siempre tomando en cuenta la diversidad de contextos y situaciones de sus centros de trabajo.

En este sentido, Arévalo (2001) menciona que el orientador requiere el dominio en tres esferas de formación:

a) Conocimiento de la disciplina que imparte.

b) Cultura psicopedagógica e identificación con lo que hace, y

c) Realizar investigación en su campo de acción

Agrega además que es necesario que el orientador desarrolle una conciencia crítica como posibilidad de gestar una actitud pedagógica, cuyo impacto se perciba en la transformación de la manera de ejercer la Orientación Educativa, para crear condiciones favorables a los procesos de formación de los estudiantes.

Para terminar, considero que la propuesta para mejorar la práctica del orientador educativo y en consecuencia la motivación de logro en los alumnos se concreta en la formación del orientador y la investigación en el campo de la Orientación Educativa para la generación de nuevos conocimientos que posibiliten la comprensión de la práctica orientadora, para ir conformando un cuerpo teórico y práctico en el que se puedan basar los futuros orientadores y que les permita a su vez relacionar la teoría con sus experiencias, para la intervención oportuna en la solución de problemas concretos de los alumnos; el fortalecimiento de espacios de interacción entre orientadores (foros, coloquios, congresos, reuniones), para reflexionar sobre sus prácticas y problematizar los aspectos de la base y no solo los aspectos técnicos o llanos, como formatos, tests, etcétera.

A su vez, el orientador debe abandonar esa actitud autoritaria y de vigilancia hacia el alumno; por el contrario, deberá asumirse como uno más de ellos, deberá ser capaz de instalarse en el espacio del alumno para poder realmente orientarlo y finalmente sensibilizarse y adquirir conciencia de que uno de sus principales retos es motivar a sus alumnos para que se descubran, para que sean libres, responsables, confiados, positivos y constructivos en su vida; sin embargo, lo anterior sólo será posible si el orientador mismo está motivado e identificado en su labor orientadora...”.

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1 comentarios:

Anónimo dijo...
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